Hoy sale en El País-Galicia un artículo mío (Constitición o `pau de buxo´?) ´que quiere ser una reflexión normalizada sobre los usos impropios de la Constitución, que se piensa y se utiliza con frecuencia como un instrumento negativo, sólo negativo, como si la Constitución tuviese como tarea negar derechos mas que afirmarlos y asignarlos. Desde una idea parcial de la democracia como mecanismo de asignación de derechos de forma favorable a un solo grupo social, los que más protestan contra la Constitución son los sectores más ultramontanos, que vieron en ella una especie de prolongación de las leyes Fundamentales del Movimiento cuyo objetivo central era la conservación de algún grupo en el poder, la minoría franquista en este caso, así constituida como voluntad general en nombre de Dios o por la gracias de Dios. Pero aquello era un régimen dictatorial de excepción que negaba no sólo los derechos políticos, sino el derecho a la vida de decenas y aún cientos de miles de ciudadanos asesinados o desaparecidos. La democracia reestructura constantemente las mayorías y ofrece posibilidades de rehacer los presupuestos constitucionales. En ningún caso la Constitución es un arma arrojadiza.
Transición política
CARLOS ETCHEVERRÍA
De forma recurrente y coincidiendo con acontecimientos que ponen de actualidad el tránsito político a partir de la muerte de Franco, intercambio con mi amigo Alexandre Carrodeguas los nuevos datos que van apareciendo sobre la estafa que supuso el tan enaltecido cambio político.
La reciente presencia en A Coruña del senador Anasagasti ha propiciado una de esas citas. Lejos de abrumarnos con las nuevas noticias, hemos tomado a chacota el derrumbe del edificio insostenible de tan celebrado cuento de hadas.
La bibliografía actual desvela sin duda la superchería. Comienza con la obra Soberanos en intervenidos de Joan Garcés (1996). La fecha carece de rigor cronológico y lo único que pretendo con tal primacía es colocar al lector en los antecedentes que hacen comprensible el acontecer histórico. Antes y después de esa fecha, los analistas más rigurosos (Gregorio Morán -El precio de la transición 1991-; A. Grimaldos -La sombra de Franco en la transición 2004-; Ferrán Gallego -El mito de la transición 2008-; Javier Cercas -Anatomía de un instante 2009-) proyectan luces suficientes para conocer el entramado del que surgió la Constitución de 1978, camino de hierro por el que viene circulando la transición española. Antonio Alvarez Solís lo explica así: Estados Unidos, Inglaterra, Francia se habían quedado sin Franco en el gobierno de la colonia del sur y necesitaban gentes que, convencidas o no, pudieran conservar la máquina del franquismo, que era la que les interesaba para su negocio. Y es que la transición política es un proceso que cada quien lo interpreta a su manera, según sus íntimos deseos: el franquismo para sobrevivir; los demócratas creían vencer al enemigo totalitario; algunos republicanos de buena fe intentaban recuperar el sufragio universal y el Estado laico; los monárquicos su rey…
Pero las aspiraciones de renovación tropezaron con la vieja rutina. Se renunció a transformar la sociedad que afianza sus caducos valores: propiedad, familia, religión, orden. Y llega 1982, en que el partido socialista abre unos horizontes de cambio y promete grandes acontecimientos (la oligarquía financiera, el clero y el ejército iban a ser desmantelados), a sabiendas de que el pacto constitucional lo impedía.
Decenas de años después, el ciudadano asombrado constata que el poder económico es más fuerte; que la iglesia se consolidad y afianza controlando la vida civil más que nunca; que el ejército se moderniza a costa de lo más sustancioso del presupuesto para defender a España de no se sabe bien qué enemigos patrios. No quiere subvertir el orden democrático, sino el orden impuesto por quienes desde siempre controlan el poder económico y social. Desea, sí, que se reduzcan las diferencias materiales y desaparezcan los dogmatismos y las tutelas de la conciencia. Y remedando a Garcés, desean en suma ser soberanos y no intervenidos.
Sí, a Constitución non parece ser do agrado de moitos sectores que consideran que están a perder o “espiritu constitucional” en senso negativo.Un servidor, que son politicamente bastante escéptico, cree que ás veces esas voces o que fan é darlle un valor engadido cara a unha dereitización.A esquerda vaise situando no centro mentras a dereita gaña en posicións a seu favor.
A situación democrática a nivel de Estado,mesmo no noso entorno, parece que van cara a políticas máis dereitosas,,,Merkel, Sarkozy, Berlusconi, ata o Vaticano se pronuncia como un Grupo Político aproveitando os ventos favorables.
Hoxe hai manifestación en Madrid dos Sindicatos…xa era hora de que alguén puxese un punto de crítica.
Si esta situación de Crisis que padecemos non produce movementos sociais de clara connotación de esquerdas, é facil dende o meu punto de vista, que saiamos dela cós dereitos adquiridos e as conquistas sociais menguados.
Está todo politicamente moi revolto, compre poñer a cadaquén no seu lugar, en beneficio da maioría.
A Constitución debería ser o punto de Saída e non a Meta.Pode e débese cambiar, pero ampliandoa nunca usandoa restrictivamente.Tamén penso que a sociedade está acougadiña e deixa facer, polo “medo” e a falla de conciencia democrática, que os nosos políticos non saben transmitir.
Continuaremos tentando de non voltar aos tempos oscuros…demasiado oscuros do pasado máis recente.
Saúdos e bon fin de semana.
A Constitución, coa pouca cousa que é, e moito para Madrid e a dereita central
Vaia que non, amigo, vaia que non…
Un pode atizar estupendamente con ela, sobre todo se no seu dia non a votou (ou votou en contra). De ser o caso, as preferencias polas tapas duras son claras… (ah, bendito estadista con mostacho…)
As veces, Fermín, penso que é vostede mais inocente que o dia da nai…
E xa de paso, observe como a iglesia reparte estopa coa palabra de Cristo, que tamen roncalle o carallo…
Pablo, non se fie ou é home acabado…non deixe de mirar aos lados, en calquera sitio