Esta mañana, tras asistir a un tribunal de trabajos de investigación en mi facultad y dejando atrás a un Madrid que ya estaba preparándose para la huelga en sus síntomas más externos, salí por la A6 hacia Galicia, adelantándome un día para que no me faltara gasolina y otras menudencias. Conducir es pesado, a veces, y cansa cuando la autovía/autopista está semillena, como hoy, cargada de camiones y de coches que quizá transforman la huelga en una minivacación. En estas condiciones no es posible usar el viaje para lo que yo lo usé y lo uso los cientos de veces que lo hice: pensar, poner en orden la cabeza, los recuerdos, los trabajos, el presente, el pasado y el futuro. Entre otras cosas. Cuando pude pensar, con la circulación algo más relajada, pasado ya Tordesillas y, sobre todo, pasado Vega de Valdetronco (kilómetro 195), un pequeño pueblo castellano que yo he tomado como referencia en mis viajes porque tenía (y tiene) una simple y hermosa ermita medio derruida al borde la carretera, en un alto, y en ese alto siempre había un pastor o un paisano que era la viva imagen del “Blasillo” de Forges, chavalote rural, pastor o no, metafísico y tierno, que daba al campo del tardofranquismo ese tono melancólico de lo que pudo haber sido y no fue. Hoy no estaba Blasillo, y el intento de evitar, a golpe de ladrillo rojo, que la iglesia se derrumbe, le da un aire algo cutre en medio de la siempre hermosa y sugerente llanura castellana, que necesito mirar de vez en cuando para olvidar el cemento urbano y las exageraciones paisajísticas de las sierras que rodean Madrid, tan hermosas también, pero tan densas y excesivas en su belleza clásica de montaña. Empecé recordando al Blasillo y acabé pensando en mis amigos socialistas del PSOE-PSdG de Galicia y en mis amigos nacionalistas del BNG en sus diversas tendencias. No me puedo quejar: he sido invitado reiteradamente por unos y otros y hasta me han invitado los populares (al final, alguno ha dicho que yo era muy radical y que no debía haber sido invitado: les puedo asegurar que estuve de lo más moderado y discreto en mi intervención, muy cientifista y hasta pesada, quizá) y gentes de la onda de Esquerda Unida. Me han tratado muy bien en mi tierra. Suele añadirse que “no lo merezco”, pero yo no lo voy a hacer, porque la verdad es que este último año mi país me ha dado un enorme trabajo, aunque maravilloso, sin duda. Lo merezco, claro que si. En todo caso me lo he currado mucho. ¿Soy un radical? Recogía el guante de aquel sujeto del PP y me hacía la pregunta a mi mismo. Creo que si, que soy un radical, pero no porque mi ideología sea algo extremo o de ese orden del caos y el diluvio que tanto gustaba a los bombistas decimonónicos. Tampoco porque vaya a las cosas desde su raíz, como pedía Marx. Ya me gustaría ser tan eficiente intelectualmente. Quizá soy un radical porque soy muy expresivo y suelo creer en lo que digo. Y debo poner cara de ambas cosas, de expresivo y de creyente. Y eso es muy radical. Pero no ideológicamente: sin moverme mucho de mis creencias y militancias de juventud, apenas lo mínimo paran pulir lo obvio, me encuentro, por ejemplo, en desacuerdo con la huelga que a día de hoy ya, cuando publique el post, estará en su plenitud. Yo no la hubiera hecho, incluso no la hubiera hecho si creyera que esta reforma laboral es algo tremebundo que acabará definitivamente con cualquier hálito de vida en la población trabajadora y demás pringaos del sistema en curso. No lo creo. Creo que hay problemas y que en este momento es mejor hacer esto que no hacerlo. Lo contrario nos traería muchos más problemas. Me parece obvio y no voy a debatir mucho sobre esto, no me gusta perder el tiempo. He visto a la clase obrera y a las clases trabajadoras en general sufrir en condiciones espantosas que hoy son casi desconocidas. No me asusta dar un paso atrás, he dado muchos en mi vida. Las clases trabajadoras también. Es la forma de avanzar que tienen los ríos para llegar al mar. Que es el morir. Es la forma de avanzar de todos los que parten de posiciones más débiles que sus adversarios. Es la única forma firme de ganar espacio irreversible. Lo otro son fuegos fatuos, retórica y repetición hasta el hastío de los mismos fracasos históricos. Jo, qué viaje. El primer otoño gallego aún está bajo la influencia del verano: un sol templado y las hojas en los árboles. Aún.
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