Las rentabilidades ofrecidas por la economía especulativa han derivado la inversión productiva hacia la inversión especulativa y han obligado a las empresas a intentar mantener la igualdad rentable con esos activos financieros ficticios reduciendo plantillas, reduciendo costes más allá de lo posible para mantener una productividad eficiente e incluso a invertir en esos ficticios financieros para recapitalizarse, lo que cerró el ciclo de la ficción con una crisis que ha puesto en cuestión todo el sistema virtual de circulación del dinero. Es una crisis de todo el sistema, que ha terminado por no asumir sus propias derivas virtuales y ha obligado a un replanteamiento de sus hipótesis de funcionamiento más ultraliberales, que han resultado ser patentes de corso filosóficas para permitir el enriquecimiento de unos pocos individuos a costa del estrangulamiento del sistema. Ahora el estado reaparece como última garantía del propio sistema de economía-ficción que lo había usado de forma marginal y oportunista. Habrá que pagar esos delirios, intentar que esos locos estafadores no vuelvan a hacer de las suyas, y sacarle los colores a esos cantamañanas (engolados economistas que realmente no tenían ni idea de lo que hablaban y no sabían hacer la “o” con un canuto, políticos vendedores de crecepelo en constante ataque de populismo y demagogia) que se han encargado de difundir las virtudes de la estafa en nombre de honorables filosofías económicas que en boca de estos pájaros suenan a protocolo mafioso.

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